Hace tres años comenzamos a caminar juntos. Hoy damos un paso más: nuestro "sí" para siempre.
Pero este "sí" no nace de la noche a la mañana. Es fruto de un camino recorrido despacio, con risas y alegrías, con diferencias y reconciliaciones, con aprendizaje… y, sobre todo, con mucho acompañamiento.
Nos conocimos en nuestra diócesis y empezamos a coincidir gracias a un pequeño grupo de amigos que surgió casi sin darnos cuenta. Ellos fueron los primeros en acompañarnos. Entre planes compartidos y conversaciones que se alargaban sin mirar el reloj, empezó a nacer algo más. Gracias a ese tiempo juntos descubrimos que queríamos buscar también espacios a solas, conocernos de verdad y empezar a construir algo propio. Aquel grupo fue el inicio, y a día de hoy sigue siendo parte de nuestra vida. Nuestros amigos han estado desde el principio y deseamos que sigan caminando con nosotros en esta nueva etapa.
Cada uno traía también su propia historia y sus amistades de siempre: personas que nos conocían mucho antes de ser "nosotros", y que, gracias a Dios, han sabido acoger al otro como uno más. Amigos que nos han ayudado a crecer, que nos han hecho mirarnos con mayor verdad, que nos han sostenido, corregido y alentado. Rodearse de personas buenas, de amigos y familia en quienes confiar, no es algo accesorio: es un regalo y una necesidad. Nosotros hemos sido profundamente bendecidos en esto.
Muy al comienzo de nuestro noviazgo empezamos el Taller del Orfebre, una iniciativa de la diócesis pensada para acompañar a los novios que desean tomarse en serio su relación. Allí comprendimos que el noviazgo no es "estar por estar", sino un tiempo de discernimiento con horizonte: crecer hacia el matrimonio o tener la libertad de reconocer que no es el camino. Acompañados por matrimonios que generosamente nos regalaron su experiencia y su testimonio, aprendimos a comunicarnos mejor, a afrontar conversaciones que nunca antes nos habíamos planteado y a profundizar en cuestiones esenciales para nuestra vida futura.
Este taller ha sido un regalo inmenso y una pieza clave para que hoy demos este paso con paz y convicción. Por eso, si estás leyendo esto y tienes novio o novia —o si prevés empezar un noviazgo— te animamos de corazón a buscar un espacio de acompañamiento como este. Tomarse el amor en serio merece tiempo, profundidad y guía. Y merece hacerlo acompañado.
Hemos tenido además la suerte de sentirnos acompañados por sacerdotes que, de una forma u otra, han estado presentes en nuestro camino: algunos con cercanía cotidiana, otros sosteniéndonos en la oración. Podemos decir con gratitud que la Iglesia nos ha arropado en este tiempo de discernimiento y preparación al sacramento.
La Iglesia también nos ha sostenido en la preparación más inmediata al sacramento a través del curso prematrimonial, donde, junto a otros matrimonios, hemos podido profundizar en lo que significa el Matrimonio como vocación y como entrega. Hemos experimentado que la Iglesia no es una institución lejana, sino una madre que cuida, orienta y acompaña en cada etapa.
Nuestras familias han sido otro pilar fundamental. Siempre buscando nuestro bien, siempre disponibles cuando los hemos necesitado. Pero si algo les agradecemos especialmente es el regalo de la fe. Porque gracias a ellos aprendimos que el amor verdadero no se sostiene solo con sentimientos, sino con algo mucho más firme.
Y ese fundamento tiene un nombre: Dios. Si hoy podemos decir que Él es el centro de nuestra vida no es una frase bonita, sino una experiencia real. Él ha estado en nuestro comienzo y en cada paso del camino. En los momentos de alegría y en las dificultades. En las decisiones importantes y en lo cotidiano. Hemos aprendido —y seguimos aprendiendo— a fiarnos de Él, a poner nuestra relación en sus manos, a rezar juntos, a pedir luz cuando no veíamos claro.
Sabemos que el matrimonio no será perfecto, que habrá días fáciles y días exigentes. Pero también sabemos que no caminamos solos. Creemos que el amor que nos une no nace solo de nosotros, sino que es un reflejo —pequeño e imperfecto— del Amor con el que Dios nos ama primero. Él es quien nos ha sostenido cuando flaqueábamos, quien nos ha enseñado a perdonarnos, quien nos ha recordado que amar es entregarse.
Si hoy nos atrevemos a decir "sí" para siempre es porque confiamos en Él. Porque nos fiamos de que seguirá guiándonos. Porque creemos que, con Dios en el centro, el amor no solo se mantiene: crece, se purifica y se renueva.
Hemos llegado hasta aquí acompañados.
Por amigos.
Por familia.
Por la Iglesia.
Y, sobre todo, por el Señor, que nos lleva de la mano hacia este sacramento del Matrimonio que estamos a punto de celebrar.